
El sistema financiero colombiano lleva décadas operando sobre la idea de que los datos del cliente son, en la práctica, un activo de la entidad. Las autorizaciones amplias hicieron posible, legal y cotidiano que los datos se protegieran, se resguardaran y, en muchos casos, se concentraran. El Decreto 0368 le da un cierre, en el contexto de las Finanzas Abiertas, siendo un cambio significativo para el ecosistema digital en Colombia.
La introducción de este nuevo marco legal no se limita a una restricción técnica, sino que implica una reconfiguración del poder dentro del sistema financiero, ya que el dato vuelve al usuario, quien ahora decide con quién compartirlo, para qué y hasta cuándo. De esta manera, se elimina de raíz que la información circule entre aliados adicionales sin que el titular entienda o pueda controlar el alcance real de lo que firma.
Leer esto, únicamente, desde el cumplimiento es el error más caro que puede cometer una entidad financiera hoy. El verdadero movimiento no está en abrir datos, eso sería una lectura superficial, sino en qué hace cada organización con el acceso que ahora debe ganarse. Quien logre convertir esa información en productos relevantes, en evaluaciones de riesgo más precisas, en servicios diseñados sobre comportamiento real y no sobre historial limitado, habrá encontrado una ventaja que el modelo anterior simplemente no ofrecía.
Pero antes de llegar ahí, hay un obstáculo que ningún estándar tecnológico o regulación resuelve de manera instantánea: la desconfianza. En Colombia, al igual que en el resto de Latinoamérica, compartir información financiera es una decisión que viene cargada de experiencias de uso poco claro de los datos y una sensación persistente de que el usuario firma sin entender realmente qué está entregando.
Lo cierto es que el Open Finance no funciona si el usuario no entiende qué gana al participar, por eso, la educación y pedagogía alrededor de este modelo se convierten en un componente indispensable desde el inicio de su implementación.
Esta no es la única barrera cultural que debemos superar. Este ecosistema busca premiar a quien colabora mejor, mas no a quien más datos acumula, así que bancos, fintech y demás terceros vigilados y no vigilados tendrán que aprender a construir juntos soluciones que ninguno podría ofrecer solo, pasando de la competencia a la “coopetencia”.
Cuando el modelo madura, el resultado trae consigo beneficios como el acceso a segmentos históricamente no atendidos o sub atendidos, nuevos esquemas de ingresos basados en servicios y no solo en productos, así como una relación con el cliente que se sostenga por valor demostrado y no por inercia institucional.
Las finanzas abiertas son desde ahora la infraestructura sobre la que empezará a reinventarse el sector financiero nacional, aunque su implementación sea gradual. Y la pregunta que cada directivo debería estar respondiendo es con qué visión estratégica de negocio se incorporará.
Es un cambio que ya está en marcha y que redefine las reglas del sector financiero. Este nuevo entorno eleva el estándar de competencia, llevando a las entidades financieras a revisar, con honestidad, si su propuesta de valor está preparada para un entorno donde el usuario tendrá más control, opciones y expectativas.
Por: Karol Benavides, Directora Regional de Alianzas y Estrategia para Latinoamérica en Fiskil.